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Anarquía versus democracia (Esteban Vidal)

Es relativamente frecuente encontrarse con algunos autores o componentes del movimiento libertario que equiparan la anarquía con la democracia. Según este punto de vista la anarquía, como escenario resultante de la revolución social que pone fin al Estado y a la propiedad privada, constituye un orden en el que las funciones de gobierno que antes eran desempeñadas por personal especializado en los órganos estatales son asumidas por la propia sociedad, de tal modo que las decisiones son tomadas de forma directa por sus integrantes, normalmente reunidos en asambleas o foros públicos. Esta es la denominada democracia directa para diferenciarla de la democracia parlamentaria o representativa. Sin embargo, la democracia como sistema político y social responde a una tradición ideológica y política que tiene un origen muy concreto que difiere en muchos aspectos de los postulados libertarios, lo que indudablemente afecta a los resultados a los que dan lugar en cada caso.

No es cuestión de establecer una genealogía de la democracia dentro de la teoría política ni de la historia de los sistemas políticos, sino que es suficiente con establecer aquellos rasgos que la caracterizan y que la distinguen de la anarquía, lo que en último término ayuda a dilucidar lo erróneo que resulta equiparar a esta última con aquella. Así pues, en primer lugar hay que apuntar que la democracia, en su acepción teórica y práctica, es el gobierno de la mayoría, lo que ya deja bastante claro la profunda divergencia que este sistema alberga en relación a la anarquía. Por este motivo la democracia es, por principio, la negación de la libertad. En esencia la democracia no es otra cosa que un despotismo de las mayorías en el que la fuerza del número hace que estas se impongan por sí mismas, lo que en última instancia conduce a la primacía de lo puramente colectivo en perjuicio de la esfera individual que es completamente eliminada. El sujeto directamente no existe porque es la voluntad de la mayoría la que concentra de un modo unitario y centralizado la capacidad decisoria, al mismo tiempo que esta es extendida a todos los ámbitos.

Si tenemos en cuenta a uno de los principales referentes ideológicos modernos de la democracia, Rousseau, nos percataremos en primer lugar de la ausencia del sujeto en su pensamiento político debido a que consideraba que todo cuanto estuviera fuera de la comunidad no merecía ser tomado en cuenta. La comunidad, o más concretamente el pueblo, lo abarca todo. Rousseau se opuso a cualquier noción de individualidad en la medida en que construyó su particular filosofía en oposición al individualismo de su época, y que se fundaba en la consideración del egoísmo racional como algo moralmente bueno. Rousseau, en cambio, se basó en la existencia de sentimientos comunes como base de la existencia de un vínculo entre los integrantes de una comunidad, con lo que la moralidad de la persona es inevitablemente la del grupo. Se trata de una moralidad que enseña siempre la sumisión al grupo y la conformidad con la voluntad del mismo. Indudablemente este planteamiento deja muy poca libertad personal dado que el individuo prácticamente no cuenta nada. La comunidad es, entonces, el valor moral más alto hasta el punto de que fuera de ella no hay nada moral, pues de ella los individuos obtienen sus facultades mentales y morales gracias a las que llegan a ser humanos. Además de esto la comunidad, al fundarse en un vínculo real que une a sus miembros, constituye una “persona moral”. De esta forma posee una voluntad que, según Rousseau, es la voluntad general que tiende a la conservación y bienestar del todo y de cada una de las partes, al mismo tiempo que es la fuente de las leyes, y constituye de esta manera la norma de lo que es justo o injusto. Esto hace que sea la voluntad general la encargada de regular la conducta de los miembros de la comunidad.

De todo lo anterior se deriva una noción de la comunidad en la que sus integrantes no tienen derechos contra ella. Esto se debía a que Rousseau rechazó la idea del estado de naturaleza que otros filósofos de su época defendían, con lo que el sujeto viene al mundo en una sociedad que no ha creado, que le preexiste, y que además se funda en un sentimiento común de sus miembros. Por tanto, según este punto de vista, no hay ningún individuo fuera de la comunidad, y lo que el individuo es se lo debe a la comunidad a la que pertenece. La voluntad general es la que ejerce la dirección de toda la comunidad. De hecho Rousseau sintetizó esto al afirmar que “cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y recibimos en cuerpo a cada miembro como parte indivisible del todo”.[1] El sujeto se disuelve en la comunidad que a través de la voluntad general dirige a sus integrantes. La preeminencia de la comunidad es tal que es gracias a ella que el individuo es humano. Pero lo importante aquí es que la voluntad general representa un hecho único respecto a la comunidad, es decir, que esta tiene un bien colectivo específico. Por decirlo de alguna manera la comunidad vive su propia vida, realiza su propio destino y sufre su propia suerte. La comunidad es, entonces, superior a la suma de sus partes al tener una voluntad propia que es la voluntad general que opera como una fuerza universal y coactiva que mueve y dispone a cada una de las partes del modo conveniente al todo. Cualquier derecho que pueda existir sólo puede darse dentro de la comunidad, de forma que el derecho de cada particular está siempre subordinado al derecho que la comunidad tiene sobre todos.

La comunidad es la que decide y determina la extensión de la esfera individual y con ello los derechos de los que eventualmente pueda disfrutar el sujeto. Los derechos y libertades individuales resultan ser una concesión sujeta a la tutela de la comunidad que es la que, por medio de sus leyes y convenciones, se ocupa de regularlos conforme al bien general que la voluntad general se encarga de determinar. Por tanto, y según este razonamiento, no existen derechos inviolables frente al bienestar general, y en última instancia no existen en absoluto derechos y libertades individuales ya que no serían otra cosa que una limitación de la voluntad general cuando esta última es considerada absoluta, sagrada e inviolable. Así las cosas, la voluntad general no admite oposición, lo que conduce directamente a utilizar la coacción contra quien se niegue a obedecerla, algo que Rousseau consideraba que era una forma de obligar al individuo desobediente a ser libre. Entonces, la coacción, según este punto de vista y su consecuente razonamiento, no es coacción como tal ya que cuando un hombre quiere individualmente algo distinto de lo que el orden social le da únicamente desea su capricho, con lo que no sabe en realidad cuál es su propio bien ni cuáles son sus propios deseos. En el fondo se trata de una mera restricción de la libertad que es presentada como un modo de aumentarla, al mismo tiempo que la coacción no es presentada como coacción al afirmar que con ella se hace el bien general. La consecuencia de todo esto, como ya se ha dicho, es el sometimiento completo del individuo a la comunidad hasta el punto de llegar a eliminarlo cuando sus convicciones son contrarias a las convicciones de la sociedad. La tendencia de la democracia es, entonces, la búsqueda de la unanimidad, lo que va en claro perjuicio de la individualidad y de la diversidad.

El individuo es, entonces, un apéndice de la comunidad al ser esta la que determina la esfera del juicio privado. El pueblo como cuerpo es soberano, mientras que el gobierno es un órgano que tiene poderes delegados que le pueden ser retirados o modificados según la voluntad general. La democracia, en este caso directa, es ejercida por el propio pueblo en asamblea debido a que su soberanía no puede ser representada sin que con ello se incurra en una usurpación o suplantación del pueblo. Pero la capacidad legislativa del pueblo es, tal y como acaba de ser expuesto, ilimitada al tener la capacidad de intervenir en la esfera individual y de determinar su extensión, al mismo tiempo que su voluntad general es inapelable, de tal manera que exige obediencia. Por todo esto la democracia resulta ser un despotismo de la mayoría que es la que determina la voluntad general. De este modo la voluntad de la mayoría se convierte en ley que se hace efectiva al estar provista de la fuerza necesaria para aplicarla a quienes la desobedezcan. Todo esto es lo que hace que la democracia sea en último término un sistema de votaciones en el que los individuos, reducidos a la condición de simples números, desarrollan dinámicas de mayorías y minorías, de ganadores y derrotados, con la correspondiente competición en la que lo que prima es la fuerza del voto y donde la argumentación y el razonamiento sólo sirve como elemento justificativo de estas sucesivas correlaciones de fuerzas entre mayorías y minorías.

La obligatoriedad de las decisiones de la voluntad general gracias al respaldo de la coerción, unido a la omnipotencia de las mayorías, es lo que anula cualquier libertad y autonomía individual. Esto es lo que hace posibles situaciones como aquellas en las que una mayoría impone su particular idea religiosa con la que priva a una minoría de su libertad al ser obligada a hacer una contribución para suplir los gastos de unas rogativas en cuya eficacia no cree. Igualmente cuando la mayoría se declara como patriótica e impone democráticamente a la minoría la obligación de verter su sangre por una causa que le es completamente desconocida. Lo mismo ocurriría si la mayoría se mostrase partidaria del sistema capitalista y con ello despojase democráticamente a la minoría disidente de su libertad económica al ser sometida a una relación de explotación. La democracia implica la obligatoriedad del cumplimiento de las decisiones adoptadas por la mayoría, y esto conlleva, a su vez, la existencia de un poder ejecutivo y de unos mecanismos de coerción con los que forzar la voluntad de los disidentes que componen las minorías. Así pues, las democracias no conocen ningún límite para el ejercicio de la voluntad general, y el individuo queda así relegado a la condición de un esclavo de la mayoría que se encarga de dictar leyes, normas y convenciones sobre todo cuanto se le antoje, y a exigir al mismo tiempo la más completa sumisión. Bajo una igualdad formal, que en nada sustancial afecta al terreno económico, el individuo es esclavizado a la tiranía de la mayoría y reducido a la condición de un número incapaz de sustraerse de la influencia perniciosa de la multitud.

Todo lo anterior contrasta con la anarquía y, en definitiva, con los postulados libertarios. En este punto es necesario hacer unas precisiones previas antes de exponer las principales diferencias que manifiesta la anarquía en relación a la democracia, y que son bastante esclarecedoras desde el punto de vista intelectual e histórico. En primer lugar hay que apuntar que los orígenes modernos del anarquismo como tendencia política e ideológica son diversos, pudiendo hacer una diferenciación en dos niveles: por un lado en el plano de la cultura erudita encontramos como principal antecedente del anarquismo en cuanto filosofía política a William Godwin, al que posteriormente le seguirían diferentes pensadores de mayor relieve como Proudhon y Bakunin; y por otro lado, en el plano de la cultura popular, nos encontramos con la práctica social desarrollada por las sociedades primarias en diferentes continentes y de las que habló Piotr Kropotkin en su obra El apoyo mutuo. Estas sociedades representaban de alguna manera un anarquismo inconsciente en la medida en que su forma de organizarse y de vivir se correspondía en muchos aspectos con los principios ácratas, pues en ellas no existían la propiedad privada, la autoridad y tampoco ninguna institución coercitiva, al mismo tiempo que las decisiones solían ser tomadas colectivamente en asamblea. El anarquismo como fenómeno social, político e ideológico de masas moderno ha sido el resultado de una fructífera influencia recíproca entre la cultura erudita, y por tanto las creaciones filosóficas de los principales pensadores que integran la tradición libertaria, y la cultura popular de las sociedades primarias. Esto explica que el anarquismo llegase a ser en diferentes lugares un fenómeno de masas en el que la población encontró en las ideas anarquistas una especial afinidad que guardaba cierta correlación con su modo de vida y de entender el mundo.

En cualquier caso entre las principales diferencias que pueden identificarse entre la anarquía y la democracia son fundamentalmente dos: por una parte la negación del principio de autoridad, lo que implica asimismo la oposición a cualquier forma de gobierno al ser considerada fuente de toda clase de males; y por otra parte el valor e importancia que para el anarquismo tiene el individuo. Respecto a esto último es interesante destacar que el pensamiento libertario se forjó en gran parte a partir de ciertas ideas ilustradas y liberales que tenían al individuo como fundamento de su propuesta filosófica y política. Sin embargo, el anarquismo, además de asumir la idea de la existencia del sujeto con su propia esfera privada y su correspondiente autonomía, fue capaz de integrarlo en la comunidad al considerar que este no puede vivir aisladamente como plantea el liberalismo, que lo presenta esencialmente como un átomo. De esta forma el anarquismo es capaz de concebir al individuo como parte de la comunidad sin que ello suponga su disolución y la pérdida tanto de su personalidad como de su propia esfera privada y de su correspondiente autonomía. El pensamiento libertario no concibe la anarquía como un avasallamiento del individuo por la comunidad, como sin embargo sucede en la democracia, sino que reconoce la importancia del individuo como sujeto provisto de su correspondiente personalidad, al mismo tiempo que lo concibe como parte de una comunidad amplia y diversa en la que cada persona conserva su individualidad. Por tanto, la homogeneización y el colectivismo democráticos, que van contra el individuo al disolverlo en una masa uniforme como resultado de la centralización, no forman parte de la propuesta libertaria.

Por otro lado, y como consecuencia de todo lo anterior, la comunidad, al ser considerada una realidad diversa y plural compuesta por sujetos provistos de su correspondiente individualidad y personalidad, no admite estructuras coercitivas ni de poder que la gobiernen, o que en su caso ejerzan funciones de gobierno en su nombre o bajo un pretexto pretendidamente administrativo. La organización de la sociedad, por el contrario, se funda en una convivencia no forzada de sus integrantes basada en el libre acuerdo y, por tanto, en la voluntariedad. La anarquía, entonces, constituye un escenario en el que el ámbito colectivo ocupa un lugar específico y limitado a lo puramente imprescindible para hacer posible esa convivencia voluntaria, lo que implica que el individuo disponga de un máximo de libertad y autonomía para el desarrollo pleno de sus facultades y personalidad. Esto es posible en la medida en que la anarquía supone que las decisiones colectivas sean tomadas sobre la base del libre acuerdo, y que este tenga lugar en aquel espacio decisorio que constituyen las asambleas populares.

La anarquía implica, por tanto, una diferenciación entre el ámbito colectivo y el individual, de tal manera que aquello que afecta al conjunto de la comunidad constituye la excepción al circunscribirse a aquellas cuestiones que afectan directamente a la convivencia colectiva. La anarquía limita y circunscribe la esfera comunitaria y hace que el individuo disponga de la máxima libertad, lo que va en el sentido contrario de la democracia que se ocupa, en cambio, de limitar y circunscribir, e incluso anular, la esfera individual en provecho de la comunidad que ostenta así una capacidad máxima para legislar sobre todos los ámbitos de la vida humana incluido, también, el terreno individual. De esta manera en anarquía la comunidad, a través de la asamblea, únicamente decide sobre su propio ámbito mientras que la esfera privada e individual queda al margen de su actividad. Esto es posible en la medida en que los miembros de la comunidad retienen individualmente más de lo que ceden a la propia comunidad. Asimismo, la limitación del ámbito específicamente colectivo supone, a su vez, una limitación funcional de la capacidad de tomar acuerdos de la asamblea popular que se traduce en una organización social marcada por un mínimo de normas imprescindibles para la convivencia. En tanto en cuanto la anarquía presupone una sociedad compuesta por individuos éticos ello implica que el número de normas que organicen la convivencia sea por necesidad mínimo, y que estas se limiten a ser la expresión de los acuerdos alcanzados en aquellas cuestiones que son de vital importancia para la existencia misma de la comunidad. De todo esto se deriva que una sociedad compuesta por individuos éticos apenas necesita normas, mientras que en aquellas sociedades donde abundan las normas la libertad se resiente. En este sentido la anarquía conlleva una organización mínima de la sociedad, y por tanto plantea una sociedad escasamente institucionalizada, lo que se manifiesta en clara contraposición con el orden estatal que, por el contrario, se caracteriza por su tendencia a establecer una organización máxima de la sociedad que se expresa en un alto grado de institucionalización.

Pero tan importante como todo lo anterior es la forma en la que desde los postulados libertarios se concibe el desarrollo de los procesos decisorios dentro de la asamblea. Mientras que la democracia basa fundamentalmente sus decisiones en la fuerza de la mayoría y, en definitiva, en la fuerza del voto, el anarquismo excluye esta dinámica de mayorías y minorías, de ganadores y perdedores, de vencedores y vencidos, que alienta la competición, debilita la cohesión social y destruye la libertad al basarse en una continua imposición de una voluntad general que es deificada. En contra de los presupuestos democráticos que hacen de la asamblea un espacio de luchas de poder en el que emergen facciones que pugnan por imponerse las unas frente a las otras, en la que hacen su aparición los demagogos de todos los tipos que tratan de embaucar al público al tiempo que traban alianzas en secreto y, de este modo, amañan decisiones, el anarquismo plantea un proceso decisorio completamente diferente. En este sentido el pensamiento libertario, a la hora de abordar la cuestión relativa a las decisiones colectivas, ha manifestado una especial sensibilidad a la importancia y necesidad de mantener la convivencia y la cohesión social al representar valores fundamentales para la existencia de la comunidad. En la medida en que la buena convivencia y la cohesión social son importantes estos sólo pueden alcanzarse a través del libre acuerdo y de la posesión común de la riqueza. Esto significa que los acuerdos se alcanzan no por medio de la imposición de la voluntad de una mayoría, sino que por el contrario son el resultado de un esfuerzo colectivo dirigido a construir consensos que permitan dichos acuerdos. Esto significa integrar las diferentes posturas que eventualmente pueden darse en la comunidad en un acuerdo común eficaz, de tal manera que la decisión resultante sea satisfactoria para todas las partes.

El enfoque libertario de los procesos decisorios en el marco de la asamblea popular implica no sólo la existencia de individuos éticos, sino también una disposición a la colaboración y cierta empatía que permita a cada una de las partes ser capaz de ponerse en el lugar de los demás. Estos factores, sin olvidar el papel que desempeña la existencia de unos valores comunes, son los que hacen posible una convivencia no forzada basada en el libre acuerdo. Todo esto, a su vez, presupone la inexistencia de una autoridad y, sobre todo, de estructuras coercitivas permanentes que eventualmente pudieran servir para imponer las decisiones tomadas. El libre acuerdo supone la participación voluntaria de los miembros de la comunidad en la aplicación de las decisiones adoptadas en la asamblea. Asimismo, el acuerdo es libre en la medida en que se basa en la voluntariedad y en la ausencia de instrumentos de coerción que obliguen su cumplimiento. La ejecución de los acuerdos depende de quienes los toman. De esto se deduce que la comunidad es en última instancia una unión entre diferentes individuos para beneficio de los mismos, de manera que como conjunto no tiene nada que imponer a sus integrantes, con lo que cada individuo tampoco tiene la obligación de aceptar ninguna resolución colectiva que no le convenga o le agrade. Esto es lo que hace que el individuo sea dueño de sí mismo junto a los demás, con lo que se reserva la capacidad de poder desvincularse de decisiones con las que no está de acuerdo, así como la capacidad de abandonar la comunidad a la que pertenece cuando le plazca y poder así integrarse en cualquier otra.

La democracia directa contempla la existencia de funcionarios públicos como secretarios, magistrados, administradores, etc., que representan una delegación de poder limitada y circunscrita a un mandato específico y temporal, susceptible de ser revocado en cualquier momento. La anarquía, en cambio, no plantea nada de esto como una necesidad inherente de la sociedad al descartar por principio la existencia de cualquier tipo de poder ejecutivo, independientemente de la forma en la que este se manifieste y las restricciones a las que eventualmente pueda estar sujeto, tal y como sucede en las diferentes versiones de democracia. Por el contrario, la anarquía constituye el marco general de convivencia en el que cada comunidad elige la forma concreta de resolver las cuestiones organizativas que afectan a la convivencia y a su existencia misma, sin por ello recurrir a la formación de poderes ejecutivos que de un modo delegado operan en el seno de la propia comunidad, y que rápidamente se convierten en una amenaza para la libertad al ser fuente de relaciones de explotación y dominación que desembocan en regímenes opresivos. Asimismo, en un sentido puramente práctico cabe apuntar que es lógico que desde el anarquismo no se contemple como una necesidad la existencia de administradores en calidad de poderes delegados por la comunidad, en tanto en cuanto la anarquía supone una situación en la que el grado de institucionalización de la comunidad es mínimo, lo que se debe sobre todo a su pequeña dimensión y a su escasa complejidad. En este tipo de contexto se hace innecesaria la existencia de cargos que, aún no siendo permanentes, desempeñen poderes delegados. Así, en contraste con la democracia la tendencia en anarquía es a que la comunidad misma reunida en asamblea se ocupe de determinar a quién o quienes les corresponde la responsabilidad de ejecutar los acuerdos tomados en cada caso concreto, e incluso el modo concreto de ejecutarlos, lo que tampoco impide que sea la propia comunidad en su conjunto, de manera concertada, la que se encargue de aplicarlos.

En no pocas ocasiones se dice que la creación de consensos que permitan la adopción de acuerdos es muy difícil, y que esto refleja la imposibilidad de poner en práctica los postulados libertarios en la organización de la sociedad. Sin embargo, tal y como ha sido expuesto, la anarquía es posible en la medida en que se den una serie de precondiciones como las ya señaladas. Así, la anarquía no puede darse en una sociedad como la que impera en la actualidad, pues no existen unas condiciones favorables. Esto es especialmente claro en la medida en que la anarquía no es factible en una sociedad de masas donde la población no se conoce entre sí. Por el contrario, la anarquía, al establecer las decisiones en el nivel más bajo de la sociedad, únicamente puede darse en comunidades locales lo suficientemente pequeñas como para que sus integrantes se conozcan entre sí, y en la que se den lazos de familia, amistad, opiniones o intereses con casi todo el resto. Este tipo de contexto es el que de alguna manera hace que los integrantes de la comunidad sean conscientes de la importancia de las decisiones que tomen, pues tendrán que vivir con las consecuencias que se deriven de ellas.

En cualquier caso la anarquía supone que las decisiones sean tomadas por los propios individuos sin interferir en las decisiones de alguna otra persona. Las decisiones tomadas en grupos pequeños son responsabilidad exclusiva de sus integrantes en tanto en cuanto no afecten a otros. En cambio, cuando las decisiones tienen un impacto más amplio y afectan al conjunto de la comunidad es cuando son tomadas en su ámbito correspondiente que es la asamblea popular. La asamblea, lejos de ser una legislatura o un parlamento, constituye el foro en el que los miembros de la comunidad se reúnen para abordar aquellas cuestiones que son comunes a todos ellos para tomar los correspondientes acuerdos. Se trata de un órgano decisorio al que cualquier vecino puede asistir y en el que nadie es elegido. La metodología que plantean los postulados ácratas hacen que el tratamiento de las cuestiones específicas que son abordadas en la asamblea para tomar acuerdos diste mucho de la dinámica democrática. En tanto en cuanto la actitud general de sus participantes es la colaboración, el ganar no constituye la meta principal. Más bien la importancia dada al compañerismo, la convivencia y las buenas relaciones hacen que lo que se consiga a partir de los acuerdos tomados sea que todos los miembros de la comunidad ganen. De todo esto se desprende que la mecánica decisoria democrática, basada en el voto y que reduce al individuo a la condición de un simple número, tiende por su propia naturaleza a cercenar la convivencia. Por el contrario, la metodología libertaria implica un trabajo colectivo que se desarrolla en la asamblea y que busca la adopción de compromisos mediante la creación de consensos amplios.

Como rápidamente puede deducirse el anarquismo no plantea un único procedimiento a la hora de tomar acuerdos, sino que ofrece un marco general en el que los principios que lo inspiran sirven de guía a la hora de llevarlos al terreno práctico para aplicarlos a cada circunstancia concreta. Por este motivo no pueden obviarse aquellas situaciones en las que inicialmente es imposible alcanzar un compromiso que permita tomar un acuerdo, de forma que existen distintas maneras de abordar una posible solución. Algo relativamente frecuente en este tipo de casos es posponer la adopción de un acuerdo si se trata de una cuestión que no requiere una decisión inmediata. De este modo la comunidad puede reflexionar y discutir el problema antes de otra reunión. Si a pesar de esto no se logra tomar un acuerdo la comunidad siempre puede explorar una forma en la que la mayoría y la minoría puedan separarse temporalmente de tal modo que cada una se lleve consigo su particular preferencia. Cuando las diferencias son irreconciliables sobre una determinada cuestión la minoría siempre tiene dos opciones posibles. Puede ir con la mayoría en esta ocasión concreta y anteponer la armonía y convivencia de la comunidad como un valor más importante que el problema en sí mismo. También cabe la posibilidad de que la mayoría trate de conciliar a la minoría con una decisión sobre otra cuestión diferente. Si todo lo demás falla la otra opción que se le presenta a la minoría es la de escindirse para formar una comunidad separada en la que recrear la anarquía. Si la secesión no constituye un argumento contra el estatismo, sino que obedece a otro tipo de razones, ello no invalida la anarquía como sistema. En lo que a esto respecta hay que reconocer que la anarquía no es un sistema perfecto sino que simplemente es un sistema mejor que los demás.

Como puede verse las diferencias entre anarquía y democracia son considerables, lo que cuestiona abiertamente la equiparación que a veces suele hacerse entre ambas al considerar la primera una forma específica de democracia, catalogada generalmente como democracia directa. Pero a todo lo anterior hay que añadir que la anarquía, como escenario resultante de la revolución social, conlleva una serie de transformaciones que afectan a la totalidad de la esfera humana, y más concretamente a los cimientos de la actual sociedad burguesa y capitalista. En lo que a esto se refiere la anarquía conlleva la formación de una sociedad sin clases en la que existen unas condiciones no sólo de libertad razonable a nivel individual y colectivo, sino también la existencia de una igualdad social que hace que las diferencias en el seno de la comunidad no descansen en la riqueza o en el poder acaparados por algunos de sus integrantes, sino en el desarrollo de sus particulares cualidades personales. En cambio, la democracia, incluso si es directa, no es incompatible con la desigualdad social y por ello mismo con la existencia de una sociedad de clases.

La democracia constituye una reorganización del poder mediante el que las mayorías, que son identificadas con el pueblo y la voluntad general, pasan a ocupar el lugar del Estado. La comunidad pasa a ser un poder mucho más amplio, concentrado, centralizado y robusto en comparación al Estado, pues a diferencia de aquel ya no conoce ninguna limitación en su capacidad legislativa. El gobierno democrático consuma la fusión entre pueblo y Estado, de tal forma que la denominada función pública logra investirse de una legitimidad máxima con el establecimiento de administradores, portavoces, comités, secretariados permanentes, etc., que, aún sin necesidad de desempeñar sus cargos de un modo profesional, conforman un poder en sí mismo por las funciones ejecutivas que llevan a cabo bajo la cobertura de ser meros administradores encargados de aplicar la voluntad general. Pero juntamente con esto la democracia es, asimismo, un régimen amenazante en la medida en que absolutamente todo es susceptible de ser legislado, y consecuentemente de ser sometido al escrutinio, regulación y supervisión de la nueva deidad encarnada por el pueblo y su voluntad general. El carácter centralizador de la democracia, que opera como fuerza centrípeta, ejerce un efecto uniformizador en el que la individualidad es completamente laminada y barrida, de forma que el sujeto pierde toda autonomía y personalidad al quedar supeditado al capricho de la voluntad general de la comunidad. Así se explican los desvaríos del jacobinismo republicano y del Terror, que encuentran en la democracia su expresión más inequívoca como forma de gobierno, tipo particular de totalitarismo en el que el sujeto no existe porque la masa, representada por las mayorías, lo es todo y lo gobierna todo.

Si bien es cierto que la democracia es un significante en disputa al que desde diferentes posiciones ideológicas se le asignan significados distintos, no por ello deja de ser bastante evidente, a tenor de todo lo hasta ahora expuesto, que mantiene una diferencia sustancial respecto a la anarquía. Esto se manifiesta no sólo en el bagaje ideológico que se encuentra detrás de la democracia, con sus correspondientes exponentes intelectuales y sus diferentes realizaciones prácticas, sino que igualmente se refleja en los escenarios tan dispares a los que, de un modo casi inevitable, generan la democracia y la anarquía respectivamente. Por todo esto no resulta nada extraño que los viejos y nuevos movimientos totalitarios hoy se reivindiquen como demócratas, desde la vetusta izquierda a los populismos neofascistas. El poder, de un modo u otro, siempre persigue tener un mayor contacto con la población para disponer de la más amplia base social posible, porque así el poder crece y se robustece, tarea que realiza con notable éxito la democracia. Este sistema de gobierno demuestra ser una simple dictadura de las mayorías en la que al individuo se le asigna la obligación en forma de derecho de ser un esclavo de ellas. La anarquía, por el contrario, es el sueño de quienes están despiertos y persiguen romper ese círculo vicioso del poder que todo lo destruye y pervierte a su paso, porque entienden que una sociedad libre es imposible sin individuos libres.

[1] Sabine, George H., Historia de la teoría política, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2002, p. 448

(Portal Libertario OACA)

Bienvenidos al machismo (Miguel Lorente)

¡Ahora se han dado cuenta!… Ha tenido que producirse la denuncia contra Harvey Weinstein para que, de repente, todo Hollywood se vea reflejado en el espejo del abuso sexual; y ha tenido que ser Hollywood, la ciudad de los sueños, para que el resto de la sociedad viva la pesadilla de la violencia de género en forma de abusos y agresiones sexuales.

Hasta que no se ha conocido esta situación muchas personas han preferido mantenerse al margen y mirar al lado contrario cuando los hechos llamaban su atención. Da igual que en España asesinen a 60 mujeres de media cada año en el contexto de las relaciones de pareja, que 600.000 sean maltratadas, el machismo siempre ha sido capaz de solventar la situación y ocultar la realidad a través de su estrategia.

Siempre lo ha tenido fácil porque ha contado con los instrumentos necesarios para lograrlo. Y estos instrumentos son las “3 C”: credibilidad, culpabilidad y complicidad. Por un lado, la credibilidad de los hombres a través de su palabra inmaculada, por otro, la culpabilidad de las mujeres construida a partir del mito de su perversidad, y en tercer lugar, la complicidad del resto de la sociedad, pues sin ella no habría sido posible que tantos violentos lo hayan podido ser durante tanto tiempo, y aún hoy sigan siéndolo.

Las “3C” originan una credibilidad intermitente (al hombre sí me lo creo-a la mujer no, al hombre sí-a la mujer no, al hombre sí-a la mujer no…) que es la que permite que sólo se vea lo que interesa y que se crea todo lo demás, una situación que no se produce por accidente, sino por decisión de quienes tienen la capacidad de determinar la realidad para que no se vea afectado el orden dado ni descubiertos sus rincones de invisibilidad. De este modo, la violencia contra las mujeres en cualquiera de sus formas se puede ejercer a espaldas de la mirada social y reforzar así la identidad machista y los privilegios que conlleva, no sólo para los hombres que usan la violencia, también para el resto. Por eso la gran mayoría contribuye desde la complicidad, porque al final todos los hombres, violentos o no, se benefician de una sistema diseñado para ellos. No por casualidad, por ejemplo, sólo el 5% de los maltratadores termina siendo condenado, ni tampoco es fortuito que los hombres tengan mayor tasa de empleo, mejores condiciones laborales, mayor salario, más presencia en los puestos de dirección…

La normalidad impuesta es tan eficaz que lleva a momentos como el que de forma muy gráfica y directa ha relatado Leticia Dolera La actriz cuenta que estaba en un bar con cuatro hombres, y uno de ellos, director de cine, le pone la mano en el pecho mientras los otros disimulan. Ella le pregunta:

¿Qué haces?
Te toco una teta; responde él
No puedes hacer eso; le dice de nuevo ella
Sí puedo, mira… y le vuelve a tocar

Eso es el machismo. No se trata sólo de asaltos y ataques en callejones oscuros, sino de una normalidad que lleva a abusar de las mujeres hasta en lugares públicos, delante de otras personas y después presumir de ella; y a pesar de todas esas circunstancias permanecer entre la invisibilidad y la negación. Pero todavía va más lejos, y cuando se llega a conocer, en lugar de entender que forma parte de esa normalidad que lleva a ocultar lo ocurrido, lo que se hace es culpabilizar a la víctima y ponerla a ella como responsable de los hechos.

El informe de la Agencia de Derechos Fundamentales (FRA) de la UE es muy revelador. El 55% de las mujeres europeas han sufrido acoso sexual en algún momento de sus vidas, pero más significativo resulta aún las referencias al contexto en el que se produce. El estudio recoge que conforme el nivel profesional es más alto el porcentaje de mujeres que han sufrido acoso es mayor (el 75%), un dato que indica que el destino y el camino para alcanzar esos espacios y funciones ocupados y dirigidos por hombres está lleno de acoso sexual.

Es la consecuencia de la estrategia de las “3C”, y por si todo ello fuera poco, además cuentan con una especie de “mecanismo de seguridad” por si falla alguna de las “Cs”, y es hacer creer que la violencia contra las mujeres no se produce en los lugares donde habitualmente ocurre. Es lo que hemos visto en el estudio del FRA respecto al acoso sexual, y mientras que la sociedad cree que sucede en trabajos no cualificados, en verdad ocurre más en los niveles más altos y en la universidad. Y llega a ser tan poderoso el argumento que se utiliza hasta en los juicios, ¿recuerdan el caso de Nevenka Fernández, concejala en el ayuntamiento de Ponferrada, cuando el Fiscal Jefe de Castilla y León decía que se “había dejado tocar el culo como una cajera del Hipercor”?. Lo mismo ocurre cuando se presenta la familia como un escenario idílico caracterizado por el amor, el respeto y la convivencia, sin cuestionar la construcción violenta de las relaciones y la instrumentalización de la familia por parte del machismo para defender sus ideas, valores y privilegios.

Todo forma parte de su estrategia: Primero se niega y oculta con las “3C” (credibilidad del hombre, culpabilidad de la mujer y complicidad social), y luego, si a pesar de ello se conoce el problema, se presenta como imposible porque en la universidad, en la política, en el cine, en la alta dirección empresarial… no se dan conductas de acoso; como también se dice que en las familias de bien no existe la violencia de género, indicando que se trata de un problema de un hombre concreto con una mujer en particular para ocultar el machismo que hay detrás.

Bienvenidos al machismo, ha costado, el viaje ha sido largo y duro, diez mil años atravesando los desiertos del silencio, las montañas de la amenaza, mares y océanos embravecidos por la violencia, ríos de soledad y miradas de culpabilidad, pero al final se ha llegado al machismo.

De manera que bienvenidos, pero no se queden en la puerta, “pasen y vean”. Lo que acaban de conocer sólo es la pequeña parte que se ha colado por la puerta de un plató que alguien ha cerrado mal, pero los hogares, las empresas, la universidad, las calles… están llenas de machismo y su violencia.

(Autopsia)

Rupturas y continuidades entre gestión moderna y lógica tayloriana (Danièle Linhart)

Danièle Linhart es socióloga del trabajo y Directora emérita de investigación en el CNRS (Centro Nacional para la Investigación Científica) de Francia

¿De dónde proviene el sufrimiento de los asalariados del siglo XXI?

La modernización gerencial se pretende en ruptura radical con la lógica tayloriana. Pretende dar lugar a la autonomía, la libertad de iniciativa y la responsabilidad de los asalariados y promover formas de trabajo en correspondencia con la evolución de la sociedad. Esta es cada vez más individualizada y las políticas que se practican en las empresas muestran la importancia acordada en lo sucesivo a las cualidades personales de cada asalariado: su adaptabilidad, su creatividad, su afición al riesgo…

Pero, si se mira más de cerca, algunos fundamentos del taylorismo permanecen omnipresentes, aunque enmascarados tras las formas hipermodernas de personalización y psicologización de la práctica de trabajo. A pesar de “la humanización” reivindicada, la subordinación impone siempre su ley según las buenas viejas recetas taylorianas. Para conseguir gestionar esas contradicciones, las direcciones se dedican a renovar en permanencia los medios para lograr el consentimiento de sus asalariados.

- 1. Taylorismo: clarividencia y mala fe.

Hacer la subordinación posible y efectiva, tal había sido, en su tiempo, el objetivo del consultor Taylor (1911), que inventó la organización racional del trabajo. Quería proporcionar a los empleadores la posibilidad de hacer trabajar a los obreros que pagaban según los métodos más productivos, los más beneficiosos posibles. Hasta entonces, los obreros de oficio contratados directamente por su patrón reclutaban ellos mismos a sus compañeros y organizaban su trabajo. Taylor había constatado entonces que tal lógica conducía necesariamente a la “holgazanería sistemática”, lo que es necesario considerar como un ritmo de trabajo destinado a preservarse, economizarse sobre el plano de la salud, pero también a no hacer demasiado, teniendo en cuenta los salarios pagados.

La voluntad de promover una organización del trabajo susceptible de funcionar independientemente de los estados de espíritu, de la buena o mala voluntad de los obreros, sino según los únicos criterios de eficacia y de rentabilidad deseados por el empleador, fue pues el verdadero motor del taylorismo.

La base fundamental del método que inició Taylor (1909) es la de que todo saber es poder, por lo que es preciso transferir el saber de los talleres (en los que los obreros lo poseen, lo ponen en práctica y lo perfeccionan) hacia las oficinas, donde los ingenieros formados en las mejores escuelas lo utilizarán para definir una organización del trabajo que haga volar en pedazos los oficios y los transformen en una serie de tareas elementales, acompañadas de normas. El principio de base de esta organización tayloriana corresponde pues a un despojo de los obreros de sus saberes, conocimientos, experiencias, para someterles a formas operativas y plazos establecidos, decididos fuera de ellos y según los únicos objetivos de rentabilidad. Los obreros serán en lo sucesivo ejecutantes sometidos estrictamente a los métodos de trabajo puestos a punto por las oficinas de métodos y tiempos. La subordinación queda así institucionalizada. Queda asegurada la dominación del empleador que paga, que se inscribe en lo sucesivo en la misma definición de las tareas y se incorpora en la organización del trabajo.

La organización del trabajo, así “racionalizada” y validada por la “ciencia” (puesta en práctica por los ingenieros) puede (mientras que resulta de una ofensiva violenta contra los obreros) ser presentada como el resultado de un proceso progresista, tanto a nivel técnico como social y político. Esto es el logro que consiguió Taylor (continuado por los que harán la promoción de la organización científica del trabajo). Consigue imponer la idea de este nuevo modelo que opera una democratización del trabajo obrero, poniéndolo al alcance de todos (puesto que ya no es necesario tener un oficio o saberes particulares), sirve a los intereses superiores de la nación americana (permitiendo ganancias de productividad espectaculares que refuerzan el mercado económico) y los de obreros cuyos salarios aumentarán en proporción a las ganancias de productividad. En resumen, el que inventó y difundió un modelo de organización que desposee a los obreros del recurso que constituye sus saberes, su oficio y su experiencia, que les hace completamente dependientes, consiguió presentar este modelo como fair, es decir justo, equitativo y honesto, en definitiva benéfico para todos.

En esta perspectiva se sitúa igualmente Henry Ford, que concretará de forma todavía más espectacular la subordinación de los obreros al introducir cadenas de montaje que refuerzan la parcelización tayloriana de las tareas de la dominación suplementaria, asegurando un ritmo mecánico impulsado. Él también comprendió la importancia de la ideología y, por ello, de la comunicación. Compró un periódico, el Dearborne Independent, para dedicarle a la difusión de sus ideas sobre la organización de la empresa y del trabajo que puso en marcha. Con un éxito real, hasta el punto que estuvo a punto de obtener el premio Nobel de la Paz antes de la Segunda Guerra Mundial.

Estos aspectos contribuyen a explicar el éxito histórico y planetario que conoció este modo de organización del trabajo. Desposeyendo a los obreros de sus oficios y de todos los medios que les permiten influir sobre su trabajo, permitió espectaculares ganancias de productividad; consigió, además, enmascarar esa violencia por una ideología que lo presentaba como justa y beneficiosa para todos.

De hecho, encontró una solución al principal problema de la patronal, es decir la obsesión que la domina de controlar la mano de obra que recluta y emplea para obtener el máximo de rentabilidad. Es fundamentalmente la desconfianza respecto a los obreros, el miedo a no conseguir imponer sobre ellos la autoridad, lo que empuja a los empleadores a modelar las organizaciones del trabajo en un sentido que no deja apenas márgenes de maniobra a esos obreros.

Este modelo fue puesto en cuestión socialmente a finales de los años 1960 en varios países del mundo occidental y más particularmente en Francia donde hubo, en mayo de 1968, tres semanas de huelga general con ocupación de empresas (Vigna, 2007). Fue igualmente fragilizado por la mundialización y la globalización, la exacerbación de la competencia, la difusión de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y el auge del sector terciario, que arrastran situaciones de trabajo más difícilmente programables. De ahí la necesidad de inventar otro modelo técnicamente más en conexión con la evolución y socialmente más legítimo.

Si la planificación estricta de los gestos y métodos de trabajo es puesta en cuestión, si los métodos taylorianos y fordistas de dominación que han hecho sus pruebas ya no pueden ser un modelo, ¿como garantizar la efectividad y la aceptabilidad de la subordinación?

- 2. La emergencia de un nuevo modelo: entre innovaciones y renovaciones.

Fue necesario en primer lugar preservar la relación de fuerzas: las direcciones de las empresas fueron rápidamente convencidas de la peligrosidad de una situación en la que, en razón de la gestión colectiva de los asalariados, éstos intentaron masivamente hacer valer sus intereses y valores.

- 2.1 Puesta en práctica de una individualización sistemática de la gestión de los asalariados y de la organización de su trabajo.

La individualización está en el corazón del nuevo modelo de gestión. Puesto en práctica a partir de mitades de los años 1970, representa una respuesta a las reivindicaciones de los asalariados que, en el curso de la más larga huelga del siglo XX, reclamaron más dignidad, autonomía, libertad y reconocimiento en el trabajo. Tenía esta ventaja, desde el punto de vista de la patronal que la introdujo, de invertir una relación de fuerzas que se había convertido en demasiado desfavorable. Esta individualización que pasa por horarios variables, la individualización de las primas y después de los salarios y culmina con la personalización de los objetivos y de las evaluaciones, de las formaciones y de las carreras, ha contribuido ampliamente, al introducir una competencia sistemática entre los asalariados, a desestabilizar e incluso eliminar los colectivos de trabajo (Linhart, 2009).

Pero éstos (colectivos informales, clandestinos, no inscritos en los organigramas y constituidos de asalariados confrontados espalda con espalda a lo largo del tiempo a las mismas condiciones de trabajo, de remuneración y de “carrera”) desempeñan un papel no despreciable en la regulación de las penosidades en el trabajo. Juegan un papel importante en la gestión de las dificultades, de la complejidad y también del estrés ligados con el trabajo. El elemento más decisivo de esta gestión reside en la capacidad de estos colectivos de conquistar la autonomía, de producir sentido, poniendo en sinergia la capacidad de cada uno, sus competencias, sus cualidades, alrededor de los valores compartidos en ligazón con el sentimiento de un destino común en la empresa. Mutualizando los conocimientos, las prácticas propias a su actividad, estos colectivos funcionan como un apoyo profesional (practican habitualmente la ayuda mutua), pero también afectivo y psíquico, ya que permiten minimizar la inquietud frente a lo desconocido. Contribuyen a una cierta serenidad en el trabajo, ayudando a unos y otros a hacer frente a las constricciones de diferente naturaleza inscritas en toda actividad profesional. Inscriben también el trabajo en el marco de una relación de fuerzas, en el corazón de las cuestiones políticas. Dan también un sentido al sufrimiento, le ponen en relación con la codicia del patrón que “siempre quiere más”. Los colectivos desempeñan en efecto un papel esencial, al descifrar las penosidades, los sufrimientos sentidos en el trabajo. La cuestión esencial no es tanto quien sufre y como, sino ¿de donde proviene ese sufrimiento y cual es su causa? Para los colectivos, el sufrimiento no se debe poner en relación con los desfallecimientos, las insuficiencias, las fragilidades personales, la falta de adaptación, sino con las modalidades de organización del trabajo ligadas con un contexto económico y político particular.

Esta puesta en cuestión de los colectivos ha sido difícil de combatir por los sindicalistas, ya que el discurso gerencial pretendía satisfacer las aspiraciones profundas de los asalariados. La personalización del trabajo se presentaba como el único medio de tomar en cuenta y reconocer los méritos, las competencias y la calidad del compromiso de cada uno, el único medio de introducir más libertad en el trabajo.

Pero, sin embargo, no es cuestión que la personalización, la individualización e incluso los márgenes concedidos de autonomía, conduzcan a una pérdida de control de la gerencia sobre los asalariados.

- 2.2. Los asalariados, garantes de una segunda vida del taylorismo.

En realidad, el desafío para la gerencia se declina de forma nueva. Es necesario que cada asalariado acepte transformarse en pequeña oficina de tiempos y métodos para aplicarse a si mismo en permanencia los principios de economía de los costes y del tiempo y ello en función de situaciones que varían en razón de la naturaleza misma del trabajo. La continuidad con el taylorismo reside así en los principios, pero difieren las condiciones de su puesta en práctica. En adelante cada asalariado es responsable de la organización de su trabajo, ella le es de alguna forma subcontratada. Pero es preciso que asuma esa responsabilidad apoyándose estrictamente en los criterios, los métodos, las formas de hacer y los objetivos definidos por su dirección y su jerarquía, en función de los medios que serán puestos a su disposición sin que pueda interferir en su puesta en práctica.

Se le pide pues saber adaptarse, comprender lo que se espera de él, estar disponible, siempre leal y completamente comprometido con su trabajo y vigilar para hacer uso de si mismo de la forma más apropiada desde el punto de vista de su gestión. Los nuevos métodos que se practican por las empresas industriales y terciarias (el lean1 producción), lean management, que consisten en disminuir todo: los efectivos, presupuestos, plazos, errores, stocks, etc.), no se basan en una lógica innovadora, sino en una aplicación estricta y exacerbada de los principios taylorianos. Los asalariados tienen así que movilizarse en los límites muy estrechos definidos por los útiles modernos de gestión, que permiten por otra parte un control de una eficacia inigualada. Tienen que desplegar de forma relativamente autónoma sus esfuerzos en un universo extremadamente codificado que les debe guiar de conformidad con la única racionalidad de su empleador. Se mide hasta que punto este nuevo modelo de principios antiguos se basa en una contribución subjetiva activa de los asalariados.

Para conseguir que acepten y desempeñen este juego con toda lealtad en el marco de los márgenes de autonomía que se les concede, es necesario seducirles, convencerles, hacerles adherir. Ello será objeto de una fase participativa orquestada, en los años 1980, a través de todo tipo de círculos de intercambio, de grupos ad hoc, de grandes misas, en las que es preciso crear ex nihilo una cultura de empresa, un espíritu de comunidad a medida de la empresa: después, de una fase de producción de valores morales (con la promulgación de cartas éticas, códigos deontológicos, reglas de vida destinadas a definir al asalariado virtuoso, el que tiene su lugar en la empresa); la de en fin una solicitación más narcisista (de Gaulejac, 2005) que invita a los asalariados a descubrir quienes son verdaderamente, lo que desean verdaderamente, les incita a medirse a los otros y a aproximarse a un ideal de si mismo.

Esta puesta de desafío permanente, esta reducción de la actividad profesional a un cumplimiento narcisista, tiende también a conducir a los asalariados a hacer un uso de si en función de objetivos, de criterios y de métodos impuestos por la gerencia: tienen que movilizar su inteligencia y su creatividad, para hacer el uso más productivo de ellos mismos, según los criterios dictados por las direcciones, apoyándose en dispositivos concebidos fuera de ellos y pensados contra su profesionalidad. Esta lógica constituye una fuete potencial de sufrimiento y representa, sin ninguna duda, un riesgo psico-social muy real.

Los dispositivos participativos, éticos y de transacción narcisista han sido desplegados para convencer, seducir, arrancar el consentimiento; están concebidos también como testimonio de la benevolencia de la gerencia. Están pensados para guiar a los asalariados que tienen que franquear un rumbo difícil y enfrentarse con el trabajo forzado, exigente e intensivo que se les pide.

Las direcciones de recursos humanos, a veces rebautizadas de la benevolencia y de la felicidad con su Chief Hopiness Officers, están ahí también para acompañarles e intentar al máximo solucionar todos los problemas que pueden plantearse en el marco de su vida privada y doméstica; estos profesionales del encuadramiento proponen conserjerías, masajes, sesiones de meditación, coachs, números verdes de psy, consejos para mantenerse en buena salud; están ahí para ayudar a los asalariados a ir al trabajo con el espíritu libre y relajado, en buena forma, a fin que se entreguen completamente a sus tareas, en un positivo estado de espíritu. Orange, por ejemplo, considera en lo sucesivo que “cada asalariado es único” y que es necesario tratarle como tal.

- 2.3. La negación moderna de la profesionalidad de los asalariados.

Pero no se trata, desde el punto de vista de la moderna gestión, de remitirse únicamente a los esfuerzos desplegados para realizar una metamorfosis identitaria. Hay que encontrar los resortes que aseguren que todos los asalariados, cualquiera que sea su grado de adhesión o de resistencia, estén hic et nunc obligados a trabajar según los criterios y métodos queridos y no puedan imponer su punto de vista profesional sobre la forma de trabajar.

Emerge entonces una forma de trabajar que se calca sobre la de Taylor, ya que consiste en despojar a los asalariados de sus saberes, de los conocimientos ligados con su oficio y de su experiencia que podrían constituir recursos individuales y colectivos que legitimarían la afirmación de otro punto de vista de su trabajo.

Esta estrategia toma la forma de una política de cambio permanente (presentado como una necesidad en un mundo en el que todo cambia todo tiempo y como la prueba de la capacidad de la gerencia de hacer frente al auge de la incertidumbre). Se reestructuran así sin cesar los departamentos y los servicios, se recomponen sin cesar los oficios, se externalizan y después se reinternalizan las funciones, se renuevan en ráfaga los logiciales, se desmantelan con una fuerte frecuencia los equipos, se instaura una movilidad sistemática, especialmente de la jerarquía de proximidad; en breve, se procede a recomposiciones incesantes que transforman las estructuras, que trastornan las estructuras, el funcionamiento de las empresas, que alteran el contenido y el medio del trabajo.

En esta tormenta, los asalariados ven bascular a todas sus referencias, y hacerse obsoletas una parte de sus conocimientos y de sus experiencias. Sufren un proceso de puesta en incompetencia. Esta estrategia del cambio sistemático produce la impotencia profesional, ya que falta la distancia, la experiencia para asentar un control sobre el trabajo. Los asalariados son degradados a la categoría de aprendices permanentes. A ello se le atribuye que garantizará su subordinación, ya que un aprendiz debe aceptar dar muestras para hacerse aceptar. Debe hacer prueba de su buena voluntad y sobe todo no entrar en una lógica de contestación si quiere ser perennizado en su empleo.

Cuando todo cambia todo el tiempo, los asalariados no puede ya sentirse en su casa en su trabajo, en su empresa, entre ellos con sus colegas. Se les hace cada vez más difícil controlar su medio de trabajo y, más grave aún, su trabajo mismo. Es su experiencia lo que queda invalidada, sus competencias y sus saberes son desestabilizados. Todo lo que han llegado a construir para domesticar las obligaciones y dificultades de sus misiones se derrumba regularmente al ritmo sostenido de las reformas y transformaciones. Su medio se hace hostil, tienen que adaptarse en permanencia, descubrir las modalidades necesarias para dominar su actividad: saber que puede ser una persona recurso, que relaciones pueden ser establecidas con los diferentes servicios o interlocutores, donde encontrar las informaciones pertinentes, como confortarse en una decisión. Tienen que reinventar las rutinas que permiten ganar tiempo y dedicarse así más fácilmente a los incidentes, a los imprevistos en un contexto que se hace más complejo y más incierto. Con esta política de reformas sistemáticas, los asalariados están en situación permanente de desaprendizaje, como analiza tan bien Jean-Luc Metzger (1999), una situación que puede conducirles a un verdadero agotamiento profesional (el famoso burn out).

Perdidos en la tormenta de estos múltiples perturbaciones, desorientados y desbordados, con falta de informaciones y de formación, todo les presiona a mendigar ayudas técnicas, procedimientos, soluciones estandarizadas.

Se asiste a una inquietante paradoja que quiere que, en el momento en el que se pide cada vez más a los asalariados (excelencia, compromiso total y asunción de riesgo), frente a un trabajo cada vez más complejo, se les sumerge artificialmente en un estado de incompetencia, que genera aprensión y angustia.

Estas prácticas de desestabilización están orientadas a acelerar la renuncia de los asalariados a sus valores profesionales y su ajuste a las propuestas por la organización oficial. La desestabilización de los asalariados se comprende tanto mejor que se analiza como un ataque en regla de los recursos de los que disponen para afirmarse en su trabajo e imponer un punto de vista y especialmente de la experiencia que acumulan a lo largo del tiempo. Esta experiencia se declina sobre tres registros: el oficio (que es una especie de experiencia colectiva coagulada y validada), la estabilidad en la función que permite acumular los conocimientos necesarios para afrontar las situaciones de trabajo, y las redes socio-profesionales en la empresa que permiten hacer emerger las personas recursos.

Se asiste en la línea recta de los principios taylorianos a una desestabilización de los saberes en beneficio de las “competencias” cuya capacidad de adaptación se convierte en un elemento primordial. Todos los discursos gerenciales, y especialmente los del Medef, insisten en la importancia crucial de los saber-estar, de la capacidad de adaptación, de las aptitudes, lo que se llama competencia. Para insertarse rápidamente en un medio que cambia sin cesar, los diplomas, las cualificaciones y los oficios, ya no ofrecen la garantía de adaptabilidad requerida en esta óptica; tanto el oficio como la experiencia pueden ser vistos como frenos a la adaptación, puntos de apoyo posibles para las actitudes consideradas como rígidas, fijadas y contrarias a las necesidades de fluidez y de renovación. Los asalariados ya no deben contar con ese tipo de recursos, deben aceptar la renuncia a los mismos y poner sin cesar los contadores a cero.

Despojar al asalariado de su experiencia profesional no es solamente retirarle la base de apoyo de la que tiene necesidad para no verse sobrepasado por su trabajo, para sentirse a la altura, armado para cumplirlo y en derecho de hacer valer su punto de vista. Es también quitarle una parte de su identidad, la que se ha constituido alrededor de esa experiencia, gracias a ella. Cambiar el trabajo sin cesar es también afectar la constancia de la identidad de los asalariados.

De alguna forma, se exige de ellos que sean concienciosos pero sin conciencia...

Por un lado, la gerencia debilita, precariza subjetivamente a los asalariados, haciendo menos cómodo y menos seguro el ejercicio de su trabajo, del otro lado les tiende la percha de útiles orientados a aportarles soluciones y recursos. En resumen, como observa Emmanuel Diet (2012), están obligados a remitirse a quien les niega, les descualifica, es decir a esos dispositivos de gestión que vehiculan valores contrarios a los suyos y, peor aún, a valores que pisan su dignidad, su moral, su profesionalidad. Deben ser activos en la puesta en marcha de la destrucción de una parte importante de ellos mismos.

La desestabilización crónica tiene por objeto obligar a los asalariados a poner en práctica los útiles de gestión escogidos por sus direcciones, esos útiles que “llevan en ellos reglas tácitas de puesta en orden organizativo”, esos útiles que combinan “las virtudes instrumentales del útil y los activos persuasivos, pedagógicos y micropolíticos” (Boussard y Maugeri, 2003). Esos útiles están orientados a colocar a los asalariados en un molde y hacerles crear reflejos adaptados a los objetivos.

La modernización gerencial, que se pretende portadora de la humanización del trabajo, que afirma su ruptura con el taylorismo, ha inventado una nueva forma de incorporación al trabajo que incluye muchos aspectos inquietantes. La lógica tayloriana no ha desaparecido pero ha sido repensada y metamorfoseada. Está en el futuro destinada a incorporarse en los útiles puestos a disposición de los asalariados que deben movilizarles de forma apropiada en función de situaciones fluctuantes, incluso aunque sean contrarios a sus valores de oficio, valores profesionales. Las evaluaciones en el marco de entrevistas individuales con el superior jerárquico sobre la base de objetivos y modalidades de trabajo que se les ha fijado son cada vez menos evaluaciones de profesionales sino la de hombres y mujeres que van a encontrarse confrontados en realidad no a la evaluación de su rendimiento sino a la de su persona, de su personalidad. Y ello en el marco de una comparación con los otros. Se puede apreciar la amplitud de los efectos producidos.

La precarización subjetiva no es solo el miedo de verse conducido un día a la falta profesional que le puede hacer perder su empleo sino también una puesta en peligro de si, por un atentado al sentimiento de su valor, de su dignidad, de su legitimidad.

La estrategia del cambio permanente tiende precisamente a crear las condiciones que incitarán a los asalariados a volcarse sobre esos dispositivos como sobre verdaderamente boyas de salvamento. En ningún momento se prevé plantear la cuestión de su pertinencia, es decir de la pertinencia de los criterios que vehiculan; sin embargo están lejos de ser, como se les presenta, neutros, objetivos y universales: están para determinar los actos profesionales en función de algunos objetivos precisos de rentabilidad que van a definir los criterios de calidad del trabajo esperado.

La cifro manía, la cuantofrenia, destinadas a validar los procedimientos modernos de gestión por la objetividad que las cifras presuntamente vehiculan, enmascaran (como en el tiempo de Taylor y de su ciencia universal e imparcial) la voluntad de constreñir y controlar los comportamientos según orientaciones que pueden ser muy cuestionables. Bruno y Didier (2013) demuestran por ejemplo en su libro sobre el benchmarking que aceptar las cifras y las cuantificaciones de la gerencia supone inscribirse de entrada en una definición partisana de la calidad esperada del trabajo, de su finalidad y de su sentido, la de la gerencia que prende actuar en interés de todos.

La proeza de esta estrategia es la de conseguir transformar a los asalariados que mantienen una situación de empleo estable (los funcionarios y los asalariados con contrato de duración indefinida) en trabajadores que viven como precarios y someterles así sin límites a la subordinación que está en el corazón de la relación salarial.

- 3. Acabar con la subordinación.

La clase asalariada, mientras que se terciariza crecientemente y recela cada vez más de los cuadros, ¿estará siempre condenada a la subordinación? Se perfila cada vez más la idea de que, para escapar a la subordinación, la única solución es la de salir de la clase asalariada. El éxito del estatuto de auto-empresario ilustraría esa tendencia de un número creciente de trabajadores de querer escapar de la clase asalariada.

La uberización, que introduce una relación de trabajo distanciada entre los comanditarios del trabajo y los trabajadores a través de las plataformas numéricas se basa en la ausencia de subordinación, para escapar a las obligaciones legales que acompañan a esa subordinación. Los trabajadores que están regidos por esta lógica muestran su libertad, su independencia, la posibilidad de decidir sus horarios, su tiempo de trabajo.

Aparecen también los slashers, que acumulan varios empleos de este tipo y muy largas duraciones de trabajo y claman por el placer de la libertad conquistada.

Hay riesgo de que este sector se desarrolle: numerosos asalariados se excluyen de la clase asalariada e incitados por sus antiguos empleadores a recurrir a estos nuevos estatutos.

El hecho de que esta ausencia de subordinación tiene un coste real para los trabajadores: menores garantías, remuneraciones más bajas para un trabajo frecuentemente de mayor duración que la legal.

Pero todo ocurre como si el porvenir correspondiera a quienes, valientes, tengan el gusto por la aventura y el espíritu de independencia, se hacen cargo de su destino y se emplean ellos mismos. Los otros, los que siguen perezosamente pegados a la clase asalariada, quedan tanto más desvalorizados. Arrastran sin embargo ya un pesado pasado con una estigmatización que se inició en los años 1980. Serían perezosos, más inclinados a defender sus garantías que a dedicarse a su trabajo. En 1984, la emisión “Vive la crise” en Antenne 2 ponía en escena Yves Montand que exhortaba a nuestros conciudadanos a apretarse el cinturón, a tomar conciencia que la crisis imponía esfuerzos y sacrificios, mientras que en Francia se tendría mucha tendencia a “no pegar un clavo”. Fueron dadas numerosas alertas por los responsables políticos sobre el pretendido mal informe de los “Franceses en el trabajo”. El primer ministro Raffarin afirmaba en el verano de 2003, desde Quebec, que era necesario poner a los franceses a trabajar, que era necesario dejar de considerar que Francia era un país de ocios. Durante su campaña presidencia, Nicolas Sarkozy exaltaba por su parte a “la Francia que madruga”, lanzando su eslogan “trabajar más para ganar más” y proponía rehabilitar el valor del trabajo. Las 35 horas de la Ley Aubry habían convencido ya a una parte de la opinión pública que en Francia se era más bien perezoso.

Sin embargo, en Francia, la productividad horario es una de las más elevadas del mundo y las encuestas muestran que el trabajo representa un valor prioritario (Davoine, Méda, 2013).

Sobre una falsa imagen del compromiso de los franceses con su trabajo, se ha elaborado como una naturalización de la subordinación que no debería cuestionarse. Sería la pendiente normal, lógica, necesaria de las “ventajas” que procura la clase asalariada y tanto más indispensable que los asalariados franceses (más bien perezosos, más bien inclinados a trabajar según sus estados de espíritu) deben ser controlados. Inscribirse en la clase asalariada sub-entendería aceptar esas reglas de juego de las que forma parte la subordinación y ello tanto más que existen otras posibilidades con esos nuevos estatutos.

Es hora de abrir un verdadero debate sobre esa dimensión coercitiva de la subordinación por varias razones. En primer lugar por el malestar de los asalariados. La gestión empresarial moderna produce el burn out, sufrimiento en el trabajo, suicidios, adiciones a sustancias ilegales o al alcohol. Ello no es una fatalidad sino que se desprende de las orientaciones muy particulares del nuevo modelo de gestión gerencial que multiplica las constricciones paradójicas, por una desconfianza a priori contra los asalariados. La segunda razón es que el rendimiento de las empresas se ve afectado por esa lógica de subordinación que amordaza la inteligencia de los asalariados, que descualifica su profesionalidad y los precariza. Asalariados constreñidos, controlados en permanencia, sujetos a procedimientos imperativos y fuentes de problemas, como a evaluaciones poco realistas, tendrán tendencia a replegarse, a jugar la carta del conformismo en detrimento de la creatividad, de la inventiva y de la reactividad. La tercera es que conduce al desarrollo de un sector fuera de la clase asalariada en la que los trabajadores tienen que pagar muy caro lo que en el fondo no es sino una falsa independencia.

- Bibliografía.

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BRUNO I., DIDIER E. (2013), Benchmarking, L’État sous pression statistique, Paris, La Découverte, coll Zones.

DAVOINE L., MEDA D. (2009), “Quelle place le travail occupe dans la vie des Français par rapport aux Européens ?”, Informations Sociales, n° 153, p. 48-55.

DIET E. (2012), “Changement, changement catastrophique et résistances”, Connexions, n° 99.

GAULEJAC (de) V. (2005), La société malade de la gestion, Idéologie gestionnaire, pouvoir managérial et harcèlement social, Paris, Seuil.

LINHART D. (2009), Travailler sans les autres ? Seuil, coll. Hors normes.

LINHART D. (2015), La comédie humaine du travail, De la déshumanisation taylorienne à la surhumanisation managériale, Toulouse, Erès.

METZGER J.-L. (2000), Entre utopie et résignation : la réforme permanente d’un service public Paris, L’Harmattan, Coll Logiques sociales.

TAYLOR F.W. (1911), The Principles of Scientific Management. Trad. (1957) La direction scientifique des entreprises, Paris, Dunod.

VIGNA X. (2007), L’insubordination ouvrière dans les années 68, Essai d’histoire politique des usines, Rennes, Presses universitaires de Rennes.

- (Notas):

1/ Atribuyendo a lean el significado de magro, sin grasa, algunos dicen anoréxico...

(Attac France, traducción en Viento Sur)

Martín Lutero

Hace exactamente 500 años, a sus 33 de edad, el fraile agustino Martín Lutero clavaba 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg. Es irrelevante que el gesto quizá nunca se haya llevado a cabo: las cartas dejadas por Lutero solo establecen que envió las tesis al arzobispo para ser debatidas. No sabía él que, clavos más o menos, el hecho acabaría partiendo a la Iglesia católica en el cisma más grande desde que Miguel Cerulario, patriarca de Constantinopla, y León IX, papa romano, se excomulgaron mutuamente en 1054.

Su rabia ante la venta de indulgencias es bien conocida. Poco menos son las conclusiones que sacó de esa inconformidad: sola fide y sola scriptura. La primera plantea que para salvar al pecador la fe individual pesa más que las acciones, y la segunda precisa que la fuente doctrinal exclusiva debía ser la Biblia, misma que procedió a traducir al vernáculo para detonar su difusión popular, no poca cosa si vemos que William Tyndale fue ejecutado en Inglaterra por esa transgresión pocos años después. El asunto es que en ambos casos se reduce considerablemente la intercesión institucional que hacía de la Iglesia la única dueña de las llaves del Cielo.

Las reformas que siguieron, además de reencuadrar el cuerpo dogmático y pastoral del cristianismo occidental, gestaron cambios sociales y políticos que definieron el futuro de Europa: la embrionaria democratización de las instituciones y el guiño al humanismo individualista que trajo consigo el protestantismo fertilizaron la llegada de la edad de la iluminación y, con ella, las revoluciones republicanas y la secularización del pensamiento que apuntalaron la modernidad como la conocemos.

Cuando Lutero se negó a comparecer ante el papa y éste lo excomulgó, el monje procedió a quemar el edicto. Pedir su cabeza por hereje resultaba arriesgado a la luz de la popularidad que el rebelde había adquirido, y de la protección que le otorgaba Federico III, El Sabio, cabeza de Sajonia y Bavaria. No compareció ante la corte papal hasta 1521, en Worms, para declarar que no se retractaría porque el Vaticano no podía, con las escrituras en la mano, demostrarlo equivocado.

El resto es historia.

(Roberta Garza, Milenio)